El diablo que cuida nuestra puerta: fe y memoria en Santa Margarita en Mazapiltepec de Juárez, Puebla


Entrar al templo de Mazapiltepec de Juárez, en el estado de Puebla, es toparse de frente con una de las paradojas más fascinantes de la fe popular mexicana. En el centro del recinto —en un lugar de honor que desafía abiertamente los cánones de la ortodoxia católica— no solo descansa la imagen de la santa patrona, sino también la figura de un demonio. Y no cualquier demonio: uno que, lejos de inspirar terror, ha sido adoptado por la comunidad como un guardián propio. Esta relación compleja, casi íntima, es el corazón de la tesina “El diablo en el altar: etnografía sobre el culto a Santa Margarita en Mazapiltepec de Juárez, Puebla”, un trabajo de Ayla Ledesma Coria que nos invita a mirar más allá del dogma para entender el alma de un pueblo.
Mapa del pueblo de Santa Margarita Mazapiltepexco reprografía 1765-INAH

Mazapiltepec no es un punto cualquiera en el mapa poblano. Situado en lo que antaño fue el paso clave del mercado prehispánico de Tepeaca, y luego convertido en nudo ferroviario vital para las haciendas de la región, este lugar ha vivido siempre en movimiento: de mercancías, ideas, personas. Es en ese cruce de caminos —histórico, geográfico y simbólico— donde el culto a Santa Margarita de Antioquía echó raíces y, poco a poco, se transformó.

La hagiografía tradicional cuenta que la santa venció al demonio tras múltiples intentos de tentación, razón por la cual suele representársele con un dragón o una serpiente a sus pies. Pero en Mazapiltepec, la religiosidad popular —esa capacidad tan nuestra de reinterpretar lo sagrado desde nuestras propias necesidades— operó un giro profundo. Aquí, el dragón europeo se metamorfoseó en una figura canina, conocida con cariño como el “Chacho” o simplemente “el Perro”.

A diferencia de la visión eclesiástica, que ve en esa figura el mal puro que debe ser desterrado, los habitantes y peregrinos de Mazapiltepec la perciben como una presencia ambivalente… e incluso necesaria. Nadie retrocede ante ella; al contrario: la tocan, la besan, le ofrecen cirios y collares de plata con la misma devoción que a la santa. Es común ver, al pie del altar, ofrendas dedicadas expresamente al “maligno”, a quien consideran el fiel sirviente de Santa Margarita. Algo en esta relación evoca, inevitablemente, antiguas deidades prehispánicas. Piénsese en Xolotl, el gemelo de Quetzalcóatl, dios con cabeza de perro que, para escapar del sacrificio, se convirtió en ajolote. Asociado al fuego, a la noche, a la transformación y al planeta Venus —la “estrella de la tarde”, frente a la “estrella de la mañana” de su hermano—, Xolotl guiaba al sol por el inframundo. No es casualidad que un perro vuelva a aparecer aquí, entre lo sagrado y lo oscuro, como guía y guardián.

Esta no es una “versión equivocada” de la religión oficial, sino una construcción cultural autónoma, tejida con hilos de historia, memoria y resistencia. La investigación de Ledesma Coria muestra cómo la comunidad ha dotado al “Chacho” de una personalidad propia. Circulan relatos —transmitidos de boca en boca— sobre cómo el “perro negro” vigila el atrio durante momentos de tensión social o política, protegiendo al pueblo de amenazas externas. Para Mazapiltepec, la santa y su perro forman una unidad indisoluble: ella encarna lo fasto, lo luminoso; él, lo nefasto, lo sombrío. Pero ambos son necesarios para mantener el equilibrio y la protección colectiva.

Claro que semejante presencia en un altar ha generado tensiones con las autoridades eclesiásticas. Hace pocos años, algunos sacerdotes intentaron retirar la imagen del demonio para sustituirla por un Cristo. La respuesta del pueblo fue contundente: se negaron. No por terquedad, sino por convicción. Como dijo un habitante: “Sería como si a nosotros nos quitaran un pedazo”.

                    Imagen de Santa Margarita y el "Chacho" de Mazapiltepec
                    Fotografía tomada de: Fuente: www.nuestracomarca.com

Esa defensa no es caprichosa. En Mazapiltepec, la religiosidad popular funciona como brújula identitaria: distingue al “nosotros” de los “otros”. El “Chacho” es un símbolo de pertenencia que ha resistido siglos de intentos por homogeneizar la fe. Porque, al fin y al cabo, la verdadera religiosidad no siempre nace en los seminarios ni se lee en los catecismos: muchas veces brota en las plazas, en los caminos, en las historias que se cuentan alrededor del altar.

Invitamos a quienes se interesen por la historia de Puebla —y, sobre todo, por la riqueza viva de las culturas populares de México— a leer esta tesina completa. Allí no encontrarán solo la historia de una santa y un diablo encadenado, sino el testimonio palpitante de una comunidad que, al defender su altar, defiende su derecho a existir con sus propios símbolos, sus propios mitos y su propia manera de entender lo divino. Mazapiltepec nos recuerda algo fundamental: a veces, para comprender el cielo, hay que aprender a convivir con el diablo que cuida nuestra puerta.


Ledezma Coria, Ayla (2016) El diablo en el altar: etnografía sobre el culto a Santa Margarita en Mazapiltepec de Juárez, Puebla, Tesina para grado el grado de licenciada en Antropología, BUAP-FFyL-CAS: 114pp. Enlace

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