Los pueblos prehispánicos de la región Chiapeña

 ¿Sabías que?

En la Cuenca de Oriental, el Lago de Totolcingo —cuyo nombre en náhuatl significa "lugar donde abundan las aves"— y su humedal, conocido como "el pantano" o "chiapa", nos revelan una historia de profunda simbiosis entre las sociedades prehispánicas y su entorno.

Corredores de vida

Hace miles de años, este humedal salino (asociado al tequexquite) funcionó como un corredor ecológico estratégico. No solo fue ruta de la megafauna pleistocénica, sino un punto de atracción para los primeros grupos humanos. Lejos de imponerse al paisaje, las comunidades del Holoceno temprano y, posteriormente, las aldeanas de la cultura Tzompantepec, desarrollaron un auténtico diálogo de saberes con la tierra.

¿Cómo enfrentaban la estacionalidad climática y garantizaban su reproducción social?

Entre 1000 y 500 a.C., innovaron con sistemas hidráulicos (zanjas, canales y captación de lluvia) para lograr dos cosechas anuales. Destaca el desarrollo de los metepantles (terrazas agrícolas combinadas con hileras de maguey). Esta técnica, que la FAO reconoce hoy como Patrimonio Agrícola Mundial, no solo evitaba la erosión, sino que conservaba el agua, los nutrientes y la biodiversidad (maíz, frijol, calabaza). Es una clara muestra ancestral de que el cuidado del suelo y el agua son la base de la vida comunitaria.

Cosmovisión, astronomía y geosímbolos

El paisaje estaba íntimamente ligado a lo sagrado. El Mapa de Cuauhtinchan II revela que rutas como las de Atzompan ("sobre la cabeza del agua") y el Ojo de Agua no seguían la lógica cartesiana occidental, sino ejes astronómicos y rituales (la familia de orientaciones de los 17º). Los volcanes (Matlalcueye, Citlaltepetl) y los lagos cráter eran geosímbolos vitales que ordenaban el cosmos.

Además, la iconografía local muestra un profundo culto a animales nocturnos y terrestres (como el tlacuache, el mapache, la tuza o el «moto») a través de los "braseros tipo tejón". Estas figuras, vinculadas a principios femeninos y mitos de origen (como el tlacuache que regala el fuego o el maíz), evidencian una reverencia por la fauna como mediadora entre lo humano y lo divino, asegurando la llegada de las lluvias y la fertilidad.

La región fue un nodo comercial vital. Sitios como El Cerrito (hasta la fecha solo se ha investigado uno de los 4 sitios registrados del municipio) funcionaron como zonas de hospedaje y redistribución para los pochtecah (comerciantes) que conectaban el Golfo con Teotihuacán. Hoy, irónicamente, el sitio de El Cerrito yace sepultado bajo las vialidades de Ciudad Modelo y la planta Audi, evidenciando cómo el modelo industrial contemporáneo suele invisibilizar y destruir las huellas de nuestra memoria socioambiental.


Frente a esta lógica extractivista, emerge la memoria viva de la población local a través de los xantolomicos. La gente cuenta que al labrar la tierra hallaban osamentas y ollas, y que solo los "destinados" encontraban "oro". Desde una mirada crítica entendemos que ese "oro" no es el metal codiciado por el capital europeo, sino la ofrenda sagrada de granos de maíz, frijol y cacao. El mito local resignifica el valor de la vida y la agricultura, en claro contraste a la noción occidental de la riqueza que busca cooptarlo.

Buscando una justicia intergeneracional

Existe una deuda histórica de la arqueología tradicional: no haber devuelto a las comunidades los sentidos de su propio pasado. Reconocer a los habitantes de Chiapa como herederas y herederos vivos de esta complejidad ritual y territorial es un acto de justicia intergeneracional. El pantano, la montaña y sus metepantles nos enseñan que la verdadera riqueza siempre fue la capacidad de tejer vida en común con el territorio.

Artículo generado a partir de:

Luján Pinelo, J. (2026) Entre el pantano y la montaña. Expresiones y «acuerpamientos» de la gente de San José Chiapa, Puebla al paisaje socioterritorial en disputa (2010-2024). Tesis doctoral inédita. Puebla, ICSyH-BUAP.



 

Publicar un comentario

0 Comentarios