“Aquí no hay indígenas, solo son campesinos. Por eso no se tiene
que consultar para los megaproyectos.” Esta frase, que a menudo resuena en las
plazas y asambleas de San José Chiapa, no es una simple afirmación identitaria, es, sin saberlo, el eco de una herida colonial. Es el resultado de un proceso
histórico de despojo no solo de tierras, sino de memoria, diseñado para
fragmentar a las comunidades, volverlas invisibles ante la ley y facilitar la
explotación de sus territorios.
Para comprender quiénes somos y por qué hoy se nos niega el
derecho a la consulta previa sobre nuestro propio territorio, debemos mirar el
pasado no como una lista de fechas muertas, sino desde su complejidad. La
identidad no es una caja estática donde nos encasilla el Estado; es un río
caudaloso, hecho de resistencias, sincretismos y luchas por la vida. Desmontar
la falsa dicotomía entre “indígena” y “campesino” es el primer paso para
ejercer la justicia socioambiental en un municipio que ha sido, históricamente,
un campo de batalla.
La privatización del ejido dio paso al acaparamiento de tierras en el siglo XX. Tomado de: https://infogram.com/propiedad-ejidal-y-comunal-1ho16vx9pv774nq |
La invención del “campesino” y la trampa de la hacienda
Cuando los invasores europeos llegaron al valle de
Puebla-Tlaxcala, se encontraron con pueblos diseminados que habitaban el
territorio respetando sus ciclos ecológicos. La tierra no era una mercancía,
sino una extensión de la organización social y cosmología. Sin embargo, la
imposición colonial trajo una lógica de muerte: la tierra como objeto inerte
para la acumulación. Así nacieron las haciendas (Santa Ana Tlaxcantla, Ojo de
Agua, Ozumba, San José Chiapa, etc.), no deben verse como simples granjas, sino
como una maquinaria que de trituró vidas y ecosistemas.
Para sostener esta maquinaria, el sistema colonial
necesitaba borrar la identidad política de los pueblos originarios. A través
del despojo, las enfermedades y el endeudamiento, las comunidades fueron
forzadas a convertirse en gañanes, terrasgueros y acasillados. Al Estado
moderno, heredero de esta colonialidad, no le convenía reconocer a estos grupos
como pueblos originarios con derechos territoriales colectivos; era mucho más
útil etiquetarlos como “campesinos” o “mestizos”. Esta etiqueta es una trampa
jurídica: reduce una cosmovisión y una historia de resistencia a la mera
condición de mano de obra barata, despojándola de los derechos políticos que, irónicamente,
la ley actual intenta (aunque de forma insuficiente) proteger para los pueblos
indígenas.
Decir que en San José Chiapa “no hay indígenas” es repetir
la narrativa del hacendado que buscaba justificar el despojo. Nuestras raíces
están en aquellos que sobrevivieron al colapso demográfico, en aquellos que
fueron arrancherados en los márgenes de las haciendas y que, desde las grietas
del sistema, tejieron nuevas formas de comunidad.
| Los sitios de la parte occidental del Valle de Ozumba entre Nopalucan y El Seco, croquis de 1610. Tomado de: Nickel, 1888, p. 339. |
La rebelión de 1777: Interseccionalidad y defensa de la vida
Los archivos históricos, a menudo ignorados por la historia
oficial, guardan la voz de nuestrxs abuelxs. En 1777, los gañanes de las
haciendas de Santa Ana, San José Chiapa y San Francisco Minillas protagonizaron
una querella histórica. Exigían un salario digno, pero su lucha reveló algo
mucho más profundo: una conciencia interseccional y comunitaria.
En medio de la hambruna y el maltrato, los trabajadores se
negaron rotundamente a que sus mujeres fueran obligadas a servir en las cocinas
de los hacendados. ¿Por qué? Porque el trabajo de cuidado, la reproducción de
la vida y la defensa del cuerpo de las mujeres no eran “tareas
complementarias”, sino el pilar fundamental de la supervivencia campesina e
indígena. Cada hora que una mujer pasaba en la hacienda del patrón era una hora
robada a la siembra del solar, al cuidado de los hijos y a la trama
comunitaria.
Aquella lucha no fue solo por un par de reales; fue una
defensa de la autonomía reproductiva de sus familias y de la dignidad de sus
mujeres. Esa organización colectiva, ese diálogo de saberes entre el dolor y la
resistencia, es la semilla indígena y popular que fundó lo que hoy somos. No
hay nada en aquella rebeldía que se parezca a la sumisión del “campesino” alienado;
hay, en cambio, la raíz profunda de un pueblo que sabe que defender el
territorio es defender la vida en todas sus formas.
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| Sobre las inquietudes y desordenes cometidos en la Hacienda de Ozumba 1779. Archivo de la biblioteca Lafragua-buap. |
Un refugio de autonomía territorial
La fundación de San José Chiapa no fue un simple trámite
administrativo. Fue un acto de emancipación. En 1783, y consolidado en 1820,
fueron 133 familias las que solicitaron congregarse. ¿Quiénes eran? Eran
gañanes y subarrendatarios que huían del yugo de las haciendas de Ojo de Agua,
Santa Ana y Las Minillas. Buscaban un fundo legal, un espacio donde la tierra
dejara de ser un instrumento de tortura y volviera a ser un hogar.
Sin embargo, el sistema colonial y luego el republicano
diseñaron el territorio para la fragmentación. A San José Chiapa se le permitió
existir, pero rodeada, casi como una isla, por los inmensos latifundios de
Santa Ana Tlaxcantla y Ozumba. Esta geografía del encierro fomentó la
desconfianza. Las haciendas alentaban los pleitos por el agua, los linderos y
los pastos (como el conflicto de 1778 por unas mulas que terminó en el
asesinato de un trabajador tlaxcalteca). El sistema de divide y vencerás
enfrentó a los pueblos entre sí, rompiendo los lazos de solidaridad original y
creando las fracturas sociales que hoy, más de dos siglos después, siguen
confrontando a las comunidades dentro de un mismo municipio.
La etiqueta de “no indígenas” fue el cemento que usó el
Estado para mantenernos divididos. Si éramos solo “campesinos” o “mestizos”
aislados, no teníamos derecho a la tierra colectiva, no teníamos derecho a
decidir sobre el agua, y mucho menos teníamos derecho a decir "no" a
los proyectos de muerte.
El territorio que resiste desde su memoria ecológica
Hoy, esta fragmentación identitaria se traduce en la
vulnerabilidad socioambiental de nuestro municipio. El paisaje de Ozumba, con
sus suelos salinos, su llanura endorreica y su fragilidad hídrica, no es un
terreno baldío esperando ser pavimentado. Es un sujeto vivo que ha resistido
históricamente a la explotación intensiva.
Desde la época colonial, los intentos de imponer lógicas
extractivistas en estas tierras se estrellaron contra los límites ecológicos.
El tequexquite, los pastos pobres y la escasez de agua dictaron las reglas. Sin
embargo, la memoria colonial de la hacienda, que veía la naturaleza como un
recurso inagotable, ha resucitado en los megaproyectos contemporáneos. La
instalación de la armadora Audi y la creación de Ciudad Modelo sobre un
acuífero frágil, altamente permeable y dependiente del agua subterránea,
repiten la misma arrogancia de los hacendados del siglo XVIII.
Se nos dice que el “progreso” requiere sacrificar el
territorio. Pero la justicia socioambiental nos exige recordar que la tierra de
San José Chiapa, Ozumba, Ojo de Agua, San Isidro Ovando, Los Ocotes, La Purísima
y Nuevo Vicencio tiene memoria. El agotamiento de los mantos acuíferos y la
contaminación no son desastres naturales; son la continuidad del despojo
colonial. Cuando se nos niega la consulta previa, no solo se viola un derecho
humano internacional; se nos está obligando a repetir el ciclo de servidumbre,
aceptando que nuestro territorio sea sacrificado en los altares de un capital
que no conoce de límites ecológicos ni de dignidad humana.
| Mapa cartográfico del siglo xvii, donde se aprecian las haciendas de San Isidro Ovando, San José Chiapa, Concepción Tlaxcantla, Ojo de Agua y Ozumba. Archivo de Notarías del Estado de Puebla. |
Hacia un diálogo de saberes para la soberanía
Reconocernos en esta historia compleja, dolorosa y llena de
dignidad no es un ejercicio de nostalgia. Es una herramienta política. Entender
que la identidad “campesina” de San José Chiapa está atravesada por la matriz
indígena del despojo y la resistencia nos permite tejer un diálogo de saberes
intergeneracional.
Nuestras abuelas y abuelos, aquellos que en 1777 defendieron
el trabajo de sus mujeres y que en 1820 arrancaron hierbas y arrojaron piedras
para tomar posesión de su fundo legal, nos están hablando. Nos dicen que la
tierra no es un capital, sino un patrimonio de la vida. Nos dicen que las
divisiones entre comunidades vecinas son una herencia de los patrones que ya no
existen, pero cuyos fantasmas siguen operando a través de las políticas
públicas que nos excluyen.
No necesitamos que el Estado nos dé un certificado de pureza
étnica para saber que somos originarios de este suelo, para saber que nuestras
prácticas agrícolas, nuestras formas de habitar y nuestra defensa del agua
beben de una matriz comunitaria que precede a la hacienda y que la sobrevivirá.
San José Chiapa es un territorio vivo. Su gente, a menudo
etiquetada erróneamente para despojarla de sus derechos, es heredera de una
larga tradición de resistencia socioambiental. Exigir la consulta previa,
exigir el derecho a decidir sobre los megaproyectos, no es un capricho
burocrático; es el acto más profundo de sanación histórica. Es decir, con la
frente en alto, que el territorio nos pertenece, que la memoria nos une y que
ninguna maquinaria, por más grande que sea, podrá borrar la raíz de quienes
hemos aprendido a defender la vida en los márgenes de la historia.
| Somos una diversidad que fue dividida por los límites coloniales, geopolíticos y administrativos, pero somos una unidad rostro-cuerpo-territorio. Tomado de: Luján Pinelo (2026). |
Bibliografía
Luján Pinelo, J. (2026) Entre el pantano y la montaña. Expresiones y «acuerpamientos» de la gente de San José Chiapa, Puebla al paisaje socioterritorial en disputa (2010-2024). Tesis doctoral inédita. Puebla, ICSyH-BUAP.
Nichel, Herbert J. (1986) Morfología Social de la hacienda mexicana, México, FCE. 2da. ed. 491 p.
Nichel, Herbert J. (1986) Morfología Social de la hacienda mexicana, México, FCE. 2da. ed. 491 p.


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